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LA PALABRA DE HOY

martes, 22 de abril del 2008 a las 01:54

LA PALABRA DE HOY

 

A la crisis semántica que padecen los hablantes del español, hoy se añaden dos patologías más que lo están invadiendo las modalidades tanto del idioma hablado como del escrito.  Me refiero a los contextos gramaticales  básicos de la sintaxis y de la pragmática y sus aplicaciones en la cotidianeidad.  Los más afectados han resultado ser el habla familiar y la convencional.  Con esta degeneración del sentido formal, lógico y psicológico de las palabras incorporadas a un contexto, la comunicación, lejos de adquirir nuevas modalidades de expresar, de informar y de persuadir, han desfigurado las verdaderas intenciones de los hablantes, los significados principales  de las palabras y los ordenamientos de las mismas en el texto o discurso.  El cambio de sentido en los valores éticos ha influido además en la significación de las palabras, su construcción y, sobre todo, su carga intencional.  Dos de los pilares actitudinales del hombre, por ejemplo, se han visto modificados por la arbitrariedad y el subjetivismo con que se desarrolla la vida en medio de los avances tecnológicos, mediáticos y sicosociales.  Estas dos son las creencias y las ideologías que se han subjetivizado al punto de que el pensamiento, productor primigenio del lenguaje, ha sido intervenido por el sentimiento, fuente de los actos emotivos y lógicos.  Si al ser humano, en específico el que pertenece a las sociedades más jóvenes, le es necesario crear un sentimiento de afecto o predisposición, y, sin él, le es muy difícil iniciar el proceso mental;  por medio del que se conoce correctamente la verdad.  La libertad es aquí una opción para escoger lo que gusta más a la persona, es decir, el hombre hoy se está moviendo más por las emociones que por las concepciones.  Si a él le nace creer en Dios, lo traslada al pensamiento como un objeto de conocimiento elaborado; de lo contrario, no lo hace.  Este modo de proceder por motivaciones afectivas ha radicalizado el individualismo en la forma de pensar las palabras y, por ende, de emplearlas en el habla.  De ahí deriva el hecho de que cada quien es responsable de lo que dice, si así le parece; y, si para los demás, más aún, para el común de las gentes, es incorrecto tal manejo de los actos y de las palabras derivadas de éstos, se llega a la conclusión de que la verdad la posee cada quien en la medida de que ésta sea conforme a su albedrío, por causa de lo que sintió antes de plegarse a sus ideas y sus producciones mentales: las palabras.

Voy a ilustrar con un ejemplo tomado de las técnicas de estudio que hoy practican los jóvenes en la educación superior.  El docente les pone a leer un texto, a manera de investigación, por decir alguno, un ensayo de un filósofo importante.  El alumno lo  lee a medias, si es que lo lee,  luego el docente le pregunta acerca del contenido de la lectura; el estudiante da cuenta de lo que le apareció a él que dice allí; al interrogarlo el docente sobre ideas específicas, él da sus razones, pero lejos del contenido real del libro, es decir, da cuenta de lo que a él le motivó o le quiso decir individualmente, así esto sea falso, porque no corresponde a la realidad del texto.  Para ello, el alumno se vale de algunas falacias de la argumentación muy típicas de las ponencias de hoy: la posición relativista, la salida por la tangente y la opinión ambigua.  Un docente que conozca el texto, de inmediato descubre la intencionalidad sofista de su alumno; el problema es que hay docentes que se dejan envolver por el discurso falaz del ponente que hace gala del poder que asiste a muchos jóvenes de hoy: el de suponer, como dije, que la verdad es la que él dice; esto reduce al mínimo el esfuerzo de razonamiento que subyace en todo ejercicio de aprendizaje.

Aunque un discurso convencional como el académico puede dar ocasión de contestar con lo falaz o, por obra de la libertad bien orientada, con la verdad, las formas con que éste se desarrolla pueden tener rasgos similares a otro discurso como el familiar.  En este contexto convencional,  se manifiestan más los problemas de interpretación a que vengo aludiendo.  Aquí el idioma se ve más afectado por la facilidad con que se observan los errores gramaticales producidos por la individualización  de otras formas como las de sentir y de pensar.  El hombre de hoy, en particular el joven, le tiene fobia a quedar en ridículo ante los demás por su lenguaje desarticulado gramaticalmente.  Y mientras quiere alejarse de sus malos modales lingüísticos, más se le notan en el habla formal que en la informal, porque tiene ante su presencia calificadores de la misma.  Su  actual subjetivismo lo ha llevado, sin ese prejuicio que antes asistía a los que respetábamos los comportamientos considerados buenos, a no distinguir entre lo que es formal y lo que es informal.  Ahora es pan de cada día escuchar personas que debieran hablar convencionalmente, haciéndolo como si asistiera a una tertulia; es lo que ellos llaman la ruptura de esquemas, la apología a la irreverencia o la libertad de expresión de sus personalidades.

Esto de motivar el pensamiento ha sido el peor invento que se le ha ocurrido a la generación de la sociedad del conocimiento y de la globalización de la información.  Este sofisma a lo Descartes, se traduciría ahora: me nace, luego pienso.  He aquí el cariz del imaginario relativista que domina a dicha generación.  La libertad ha sido manipulada de tal manera que ha distorsionado el verdadero sentido  no solo de los actos y de las palabras, sino, lo más grave, de las creencias y de las ideologías.  Sobre la base de los libros que reivindicaban el libre desarrollo de la personalidad como eje para formar una cultura individual, hoy se han fundado movimientos oposicionistas que propugnan por la ruptura de los valores convencionales, el Derecho a morir dignamente y la conformación de grupos homosexuales.   El descubrimiento de la inteligencia emocional por Howard Gardner  le ha abierto  las puertas al afecto para que gobierne de alguna manera la prístina actividad de concebir el pensamiento mediante los procesos de análisis y de síntesis.  Ya no existe unidad en la inteligencia, sino una diversidad de capacidades para aprehender lo que más nos guste.  Las consecuencias directas las han sufrido las disciplinas vocacionales que ahora no se evalúan por tests sicológicos sino por el impulso que siente cada individuo hacia un objeto de  conocimiento que le nace desde dentro.

Para ilustrar el movimiento interpretativo que se manifiesta en la inteligencia emocional de la sociedad actual, narraré en forma resumida una anécdota que me sucedió durante el Diplomado en Educación Religiosa que adelanté en el 2007.  El docente de la asignatura de Espiritualidad, el padre Alberto Camargo, un hombre de una didáctica experimentada, de unos protocolos que invitaban a pensar y, al mismo tiempo, a participar en la clase, saludaba a cada uno de los que llegaban tarde al salón de clases, con la frase: "Siga, sin-vergüenza".    Me consta que ninguno de los retardados le hizo reclamos por lo que aparentemente significaba el texto, es decir, "siga, descarado".  O no entendían lo que el padre Camargo les quería decir  o se quedaban en silencio para no sufrir los embates del ridículo ante el colegaje.  Bastaría un breve proceso de reflexión para descubrir las verdaderas intenciones del docente, las cuales eran pedirle al incumplido que siguiera pero sin pena.  Es más, ni siquiera durante el diálogo informal de tertulia entre colegas, se hacía mención a tan inteligente bienvenida.  En vista de aquel silencio total, me fue imposible determinar quiénes se habían sentido desgraciados y quiénes, por lo contrario, se habían sentido bien recibidos.

Junto a la anécdota anterior, abundan los casos en que la palabra es tomada como causa de confusión, de incomprensión y, lo más pervertido, como fuente de silencio cómplice para demostrar el fracaso de la inteligencia del hombre de hoy.  Es que no vasta con que el hombre aparente ser más inteligente que el de antes, cuando su precocidad artificial se desbarata de un momento a otro.  En el contexto de las interpretaciones manifiestas es donde se nota el grado de cultura que no habían alcanzado sus ancestros, por causa del progreso científico y tecnológico sin precedentes.  Pero fijémonos en lo que le está pasando en el manejo de su palabra  hasta cuando estos discursos o actuaciones lleguen a  incidir en las actuaciones de los demás.  Esto me confirma la sagrada tesis del Señor cuando afirmaba en Marcos 7, 20-23, que todo lo mal dicho y, por ende, lo mal hecho, proviene del interior del hombre.

Germán Rincón

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poetarincon

poetarincon escribió esta anotación hace 3 meses. En ella habla sobre Día Del Idioma Español, La Palabra De Hoy y Literatura.

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